jueves, 23 de febrero de 2017

JACKIE: LA GRAN EDITORA DEL RELATO

Jackie. Director: Pablo Larraín. Protagonistas: Natalie Portman (Jacqueline Bouvier Kennedy), Peter Sarsgaard (Bobby Kennedy), Greta Gerwig (Nancy Tuckerman, secretaria personal y amiga de Jackie), Billy Crudup (periodista), John Hurt (sacerdote), Caspar Phillipson (John Fitzgerald Kennedy), John Carroll Lynch (Lyndon B. Johnson), Beth Grant (Claudia Alta Taylor Johnson), Aiden Weinberg y Brody Weinberg (John Kennedy Jr.), Sunnie Pelant (Caroline Kennedy), Emmanuel Herault (Robert Mc Namara, secretario de Defensa) y Gaspard Koenig (Ted Kennedy), entre otros. Guionista: Noah Oppenheim. Wild Bunch / Fabula / LD Entertainment / Protozoa Pictures / Bliss Media / Why Not Productions. Chile / EE.UU, 2016. Estreno en la Argentina: 9 de marzo de 2017. 

Hablando en términos fílmicos, una biopic vendría a ser algo así como un largo travelling alrededor de la vida privada y/o pública de una celebridad determinada. Jackie, la película sobre Jacqueline Bouvier Kennedy dirigida por el chileno Pablo Larraín, sin embargo, se distancia de ese concepto, asimilándose a un poderoso y contundente primerísimo primer plano. En este caso, la semana que va del magnicidio de JFK en Dallas a los fastos funerarios en Washington. 


Apoyándose en una Natalie Portman sin fisuras (en realidad, un elenco entero sin fisuras) para romper la linealidad temporal de la historia, el filme va construyendo una imagen de Jackie alejada del figurín de modas que impuso un estilo de marcada elegancia y garbo. Despojándola de toda ingenuidad, el retrato psicológico de la Primera Dama la muestra en sus facetas de mujer, madre y política en el momento de mayor turbulencia emocional de su vida. 


Adentro del icono, debajo de la fachada minuciosamente construida, la Jackie de Portman aparece como una mujer calculadora, fría y despiadada, obsesionada por el poder. No con el efímero y transitorio que ejerce cualquier tipo de mandatario durante el tiempo que le otorguen los votos y la constitución, sino el perpetuo que garantiza la Historia gracias al peso de la idea de un legado eterno. 


Articulando la trama desde y hacia la entrevista que Jackie realmente concediera a la revista Life una semana después del asesinato de JFK, Jackie exhibe el talento de Jackie para instalar su matrimonio presidencial en la memoria colectiva del futuro. Con las herramientas mediáticas más poderosas del momento: la prensa escrita y, sobre todo, la televisión. Su capacidad para generar imágenes tan imborrables como referenciales, que eleven la vara con que medir a los mandatarios por venir, logra cohesionar fílmicos de archivo con la perfecta recreación histórica de Larraín. 


¿El resultado? Un combo de dignidad y amoral determinación por cuyo fin Jackie justifica los medios utilizados a la hora de instalar una concepción del poder. Una pareja presidencial como ejemplo de un nuevo tipo de realeza, moderna y accesible, carente de títulos nobiliarios pero validada por los valores autoatribuidos de progresismo y apertura cultural, desprendidos de su juventud y las experiencias vividas durante la Segunda Guerra Mundial. Un dramático funeral de Estado cuya puesta teatral le posibilita capitalizar la empatía popular del mundo. La violenta utilización política de su viudez y de la orfandad de sus hijos durante la peregrinación desde la Casa Blanca hasta la catedral de Saint Matthew. El deseo narcisista de volverse permanente mediante el influjo de la moda. 


Si es cierto que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, el máximo mérito de Jackie ha sido el haber dado forma definitiva a la mitología pública de su esposo asesinado. Más allá de la gestión y de los hechos comprobados, a ella parece debérsele la dimensión épica de su persona y de sus actos. Algo que se advierte descarnadamente en las escenas de la entrevista con el anónimo periodista interpretado por Billy Crudup. Con frases cortas, secas y (pre)potentes, Portman deja en claro por qué durante los últimos 20 años de su vida, Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis trabajó en una editorial literaria puliendo textos ajenos hasta dejarlos publicables. Siempre supo ser la gran editora del relato. 
Fernando Ariel García

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