viernes, 8 de enero de 2016

UNA VIDA ENTRE CUADRITOS Y CELULOIDE: ENMENDANDO UN ERROR

Una vida entre cuadritos y celuloide. Vida y obra de Alfredo Julio Grassi. Autor: Alfredo Julio Grassi. Apartado teórico: Raúl Horacio Campodónico, Mario F. Gandolfi, Daniel Mandebura, Christian Vallini Lawson, Eugenio J. Zappietro (Ray Collins). Portada: Jerónimo Bosia, Carolina Grassi. 176 páginas a color. INCAA / ENERC / Libraria. ISBN: 978-987-3754-06-7. Argentina, septiembre de 2015. 

Vengo a pedir disculpas y a intentar enmendar un error. Aunque sea con mi conciencia, porque lo peor de todo es que siempre lo supe y nunca lo valoré como debía haberlo hecho. Estoy hablando de Alfredo Julio Grassi, hombre de la cultura popular argentina que, de una u otra manera, estuvo permanentemente presente y activo en la mayoría de los proyectos artísticos que galvanizaron mi infancia y juventud. En gran parte de las iniciativas que me formaron, informaron y conformaron como persona, puedo sentir su impronta, leer su nombre. O uno de los tantos seudónimos que utilizó para enmascararse: Fred W. Seymour, W. Buggs, Andrew Fuller, Shep Waxton, W. Jefferson Beckett, Kenneth Sharp, Leslie Sharp, Julio de Lucca, Ron G. Leaf…


Tradujo (resumiendo y modificando, pero qué importa) a Emilio Salgari y Julio Verne para la colección Robin Hood, esa de tapas amarillas a la que debo mi capacidad para disfrutar íntimamente de la lectura. Dirigió y escribió parte del catálogo de la serie hermana, Robin Hood del Espacio, dedicada a la ciencia-ficción. Derramó su ingenio e inventiva en cientos de títulos para las revistas de literatura pulp Centuria, Pistas, Rastros y sus derivados temáticos y suplementos varios. 


Cultivó sus tres obsesiones básicas, el tiempo, la muerte y la sangre, desde el fantástico, la ciencia-ficción, el policial, el western, el espionaje internacional, el romance, el bélico, el histórico, la política-ficción y la hibridación de todos o varios de esos géneros. Y lo hizo con toques de humor y una mirada filosófica teñida por la melancolía, esa sensación irremediable de pérdida y soledad. Suyos son Me tenés podrido, Argentina, la novela de 1971 prohibida por el Gobierno militar; y ¿Qué es la historieta?, el primer ensayo que leí sobre el tema, publicado por Editorial Columba en 1968, como parte de la Colección Esquemas. Dos textos que me incitaron a pensar el país en el que vivo y el medio en que me desempeño. 


Y si de historietas hablamos, las de Grassi aparecieron en Bucaneros, Centellas, todas las de Columba y las de Record. Escribió Yo, Ciborg, esa obra maestra del existencialismo aplicado a la ingeniería narrativa fantacientífica, que permitió el lucimiento de Lucho Olivera y mi gratificación intelectual en ¿cuántas lecturas que llevo hechas? Y se dio el lujo de firmar una tira diaria de fútbol para el mercado norteamericano, dibujada por José Luis Salinas y luego continuada por Olivera: Dick el artillero (Dick the Gunner), más valorada en el extranjero que en la Argentina. 


Como interventor del Instituto Nacional de Cinematografía (INC, hoy INCAA) entre 1964 y 1966, durante la presidencia de Arturo Umberto Illia, creó la Escuela de Cine e influyó enorme y decisivamente para que llegara a buen puerto la realización de Crónica de un niño solo (1965), opera prima de Leonardo Favio. Y, además, impulsó la creación de una cartografía cinematográfica latinoamericana, inexistente hasta el momento. 


Semejante rompecabezas, cuyas fichas tuve en mis manos sin mensurar la trascendencia de la pieza ensamblada, se terminó de armar mientras la sorpresa abría mi mandíbula durante la lectura de Una vida entre cuadritos y celuloide, la imprescindible autobiografía de Alfredo Julio Grassi que encontré, de casualidad, en la librería del shopping Abasto; y me devoré en un par de noches de saludable insomnio. Limitadísima edición conjunta del INCAA, el ENERC y la editorial Libraria, el volumen incluye también textos inéditos de diversos especialistas (incluido Ray Collins), la reedición de las notas aparecidas en el fanzine Maestros de la Cultura Fantástica Nº 1; y las conclusiones del Primer Congreso de Cinematografía HispanoAmericana. 


Si, a mis 50 años, me encuentro contento y conforme con la persona que he llegado a ser, es porque en diversos momentos de mi vida he contado con el acompañamiento de Grassi (y de Ferro y de Trillo y de Oesterheld y…). Pero a todos los demás, en algún momento y en distintas circunstancias, en público y/o en privado, les he reconocido y agradecido sus aportes. No lo había hecho con Grassi, por ceguera, por inoperancia, por dejadez, por estupidez, por todo ello junto. 


Hasta ahora, que terminé Una vida entre cuadritos y celuloide y siento la necesidad de reparar la injusticia que cometí. Por todo ello, Don Alfredo, gracias. Y espero tenga a bien disculpar el injustificable destrato que le propiné durante tanto tiempo. 
Fernando Ariel García

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