Le
tango du disparu. Guion:
Pierre Christin. Dibujos y portada: Annie Goetzinger. Flammarion.
Francia, diciembre de 1998.
El
tango, Perón y los
Desaparecidos.
Desde que supe que el maestro Pierre Christin, guionista de Partida
de
caza
entre tantas otras glorias, había
escrito una historieta sobre estos tres tópicos argentinos, me puse
en campaña para conseguirla. Años después, al enterarme de que la
parte gráfica había recaído en Annie Goetzinger, mis ganas se
multiplicaron. Y hace un par de días, cuando Le tango du disparu
recaló providencialmente en mis manos, lo único que pude hacer fue
devorármelo de un tirón.
Borgeana
historia cíclica de amor y tragedia, la novela gráfica va
entrelazando los destinos de Enrique Practánico, bandoneonista
rosarino y peronista; y Armando Bähler, militar de abolengo y
furioso antiperonista. Entre los dos, alternando camas y promesas de
amor eterno, Elba Eva Lapuente disparará el drama clasista que late
entre su segundo nombre y su aristocrático presente, entre el pueblo
trabajador y los terratenientes represores, entre el bandoneón marca
doble A (el mejor de todos) y la organización paramilitar de
ultraderecha Triple A. Estigma rabioso que, aun sin quererlo,
transmitirá a su oculto hijo de dos padres, que terminará pariendo
en silencio y a escondidas.
Entre
los años ‘50 y fines de los ‘90, con una parada decisiva en la
última Dictadura militar, las páginas van enhebrando los cambios
políticos, sociales y culturales que fundaron la pasión popular por
Evita; el bombardeo a Plaza de Mayo, los golpes de Estado contra
Perón, Frondizi, Illia y Perón, el programado plan de exterminio,
los festejos del Jockey Club, Montoneros y los vuelos de la muerte.
El tango configura el oprobio y la vida, el sexo y la sangre
derramada. Un corte, una quebrada y estamos en la esquina arrabalera
que oficia de frontera entre el campo y la ciudad, entre el pasado
desdeñado (oligarca y cruel) y el futuro anhelado (diáfano y
peronista). Cruzando las piernas para dibujar un ocho imaginario
sobre el piso de baldosas, los bailarines trazan el infinito camino
que mezcla una población con acceso a educación, salud y derechos
socio-laborales, con una democracia interrumpida por el asesinato a
mansalva, el robo y la entrega organizada.
Abundan
los detalles que, como lector argentino, no puedo dejar de reconocer
con emoción y dolor arraigado. Las orquestas de Maffia, Laurenz,
Troilo, Pugliese y Piazzola. los peinados con Glostora. El Tigre
Hotel y el Abasto. Radio El Mundo, Clarín y La Prensa. Caño 14 y el
Tibidabo. Las
fábricas de Quilmes. Las
recovas de Once. El
empedrado de Flores. Las
callecitas de Palermo Chico y el brillo de la mítica avenida
Corrientes. Los colores de La Boca y las sombras de San Telmo. El
colectivo 45 y los tacheros que siguen girando. La memoria de los
descamisados. La ominosa presencia del Falcon verde. El exilio en
Mar Chiquita, los mataderos de Mataderos, el Centro de Detención
Albergue Warnes.
La
metáfora máxima se desvelará en una pensión de la calle
Sarmiento, recámara de descanso y cámara de tortura en donde reside
el argentino descendiente de un desaparecido y un desaparecedor. En
esa síntesis de la Nación entregada por el menemismo, el hombre en
busca de una identidad llorará sus últimas lágrimas de bandoneón,
mientras decide hacia dónde rumbeará su futuro. Una decisión que
nosotros seguimos habitando.
Fernando
Ariel García
En
el año de los 50 años del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976

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