Pinturas de guerra. Autor: Ángel de la Calle.
Prologuista: Paco Ignacio Taibo II. Reino de Cordelia. España, abril de 2017. Existe edición argentina a cargo de Evaristo Editorial.
Vanguardia artística y activismo político.
Dictaduras militares latinoamericanas y grupos revolucionarios de América
Latina. Persecución internacional a cargo del Plan Cóndor y exilio
parisino de los perseguidos. Atravesando estos mundos laterales, honrando
postulados estéticos y éticos de Julio Cortázar y Philip K. Dick, Ángel de la
Calle nos lleva de ronda por la realidad de los años de plomo y por la percepción
de esa realidad. El condimento ucrónico de Pinturas de guerra es uno de los
elementos que afirman, reafirman y confirman la veracidad documental del horror
que el autor hispano exhibe con dolorosa belleza y honda poesía.
Un joven español, que responde al nombre de
Ángel de la Calle, llega al París de principios de los ’80 en busca de
información. Quiere escribir un libro sobre la actriz estadounidense Jean
Seberg, musa y rostro de la nouvelle vague, precursora del compromiso artístico
en la lucha por los derechos civiles y muerta en extrañísimas circunstancias,
llena de elementos dudosos que huelen a servicios secretos. Abocado a esta
tarea, De la Calle se desplaza por la ciudad rayuela, donde conoce a una serie
de personajes reales e imaginarios que corporizan las piezas en juego de este
damero, cuyo tablero se pateó en la Cuba de Fidel y el Che. De un lado, las fichas
oscuras y siniestras, representadas por las dictaduras del cono sur americano y
los agentes de la CIA, la Escuela de las Américas y la organización de extrema
derecha francesa OAS. Y enfrente, los peones cargados de idealismo y esperanza:
montoneros, tupamaros y rodrieguistas, sobrevivientes de la matanza de
Tlatelolco, protagonistas del mítico mayo del 68.
Moviendo las piezas, el
relato va consustanciando dos de sus ejes centrales. Uno: El exilio. La
expatriación forzosa o voluntaria por persecución, amenazas o peligro de
muerte. Y, sobre todo, la sensación de dislocamiento espacio-temporal que ello
conlleva. Una impresión que la historieta traduce incorporando múltiples
referencias ficticias y reales, en armónica comunión intelectual y simbólica:
Los cómics de Marvel, la historieta de autor, la ilustración periodística, la
pintura de caballete, las artes performativas, la prensa revolucionaria, la
cultura popular y la crítica elitista, por nombrar las que aparecen a simple
vista. Y dos: el mandato oesterheldiano de la resistencia. O mejor dicho, las
resistencias nacidas al calor solidario de la contracultura artística. Directas
y pasivas, de baja o alta intensidad, oficial o clandestina.
A mi modo de ver, Pinturas de guerra es un
fresco completo y demoledor, por momentos (al principio y al final)
insoportable de atravesar por el descarnado retrato que hace de los
torturadores y de la psiquis humana que representa lo peor que tenemos para
ofrecer. Y entremedio, por el análisis inmersivo y empático con que aborda la
naturaleza de la juventud setentista políticamente comprometida. De sus convicciones
y sus contradicciones. De la idea del arte como arma con la cual salir a ganar
las calles antes de tomar el poder. De las luchas por la liberación, la
igualdad y la justicia social. De las batallas que se ganan y de las que se
pierden. Y de aquellas que se ganen aunque se pierdan. Porque al final, hoy más
que nunca, la única lucha que se pierde es la que se abandona.
Fernando Ariel García
a 1 día de los 50 años del Golpe de Estado





































