jueves, 14 de octubre de 2021

007 - SIN TIEMPO PARA MORIR: EL OTOÑO DEL ESPÍA

Sin tiempo para morir. Director: Cary Joji Fukunaga. Protagonistas: Daniel Craig (James Bond), Rami Malek (Lyutsifer Safin), Léa Seydoux (Madeleine Swann), Lashana Lynch (Nomi), Ben Whishaw (Q), Naomie Harris (Eve Moneypenny), Jeffrey Wright (Felix Leiter), Christoph Waltz (Ernst Stavro Blofeld), Ralph Fiennes (Gareth Mallory / M), Lisa-Dorah Sonnet (Mathilde), Billy Magnussen, Ana de Armas y David Dencik, entre otros. Guionistas: Neal Purvis, Robert Wade, Cary Joji Fukunaga y Phoebe Waller-Bridge, basado en personajes y situaciones creados por Ian Fleming. Música: Hans Zimmer. Canción de apertura: No Time to Die, interpretada por Billie Eilish. Canción de cierre: We Have All the Time in the World, interpretada por Louis Armstrong. Metro-Goldwyn-Mayer / Eon Productions. Reino Unido / EE.UU., 2021. Estreno en la Argentina: 30 de septiembre de 2021.


No importa lo que haya hecho Daniel Craig en los últimos quince años. No importa que su James Bond haya abierto definitivamente el camino a una nueva concepción del agente secreto más famoso y más longevo de la historia de la cultura humana. Un hombre áspero y vulnerable, vengativo y sentimental. Una máquina de matar con el corazón roto, guiado por la férrea disciplina militar y movilizado por distintas venganzas personales. Ante la conciencia del mundo, 007 seguirá siendo el emblema del machismo heteronormativo afianzado al calor de la posguerra, el eterno seductor que usa (y descarta) mujeres, armas y autos con la misma celeridad. Un cosificador serial destinado a morir en las garras del actual conservadurismo disfrazado de corrección política.


Por eso, aprovechando que esta Sin tiempo para morir (No Time to Die) será la última aparición de Craig en la piel de Bond, la licencia cinematográfica ha decidido cerrar el arco argumental del ciclo Craig como no se había permitido hacerlo con Sean Connery, Roger Moore o Pierce Brosnan. O sea, poniendo punto final al Bond modelo 1962, signado por el hedonismo autorreferencial, un espíritu patriótico lindante con lo patriotero, la canchereada sexista y la prepotencia geopolítica. Algo que ya había hecho con Craig, dicho sea de paso, de manera narrativa antes que declamatoria.


Si algo caracteriza al Bond de Craig es su opción por el periplo interno del personaje, habitado por un sinfín de fantasmas que bañan su presente en las aguas del pasado. Un sino trágico que fuimos decodificando con el paso de sus cinco películas y que, en Sin tiempo…, se ocupa de descarnar lo que quedaba del icono para entregarnos la última victoria del mito reconvertido en humano de carne y hueso. Viendo el final, uno entiende por qué la película aguantó la pandemia sin caer en el streaming. Ese último tramo merece la ceremonia de la pantalla grande tanto como la despedida a Daniel Craig.


Un fin de ciclo que deja la franquicia abierta de par en par para la reconversión futura que más satisfaga al mercado y menos escandalice a los fans. Sobre todo, porque se ha encargado de cerrar (con altura y pathos shakespereano) las puertas que moldearon y definieron la identidad de una saga atravesada por los diferentes cambios epocales que le tocó transitar. El próximo agente al servicio secreto de su majestad podrá ser aquello que quiera ser. El lienzo (otra vez) está en blanco, esperando que aparezcan los primeros trazos. Pero ojo, Sin tiempo… deja claro que hace falta más que una licencia 007 para ser James Bond. Hace falta, principalmente, saber vivir. Y dejar morir.
Fernando Ariel García

VIVIR SU VIDA: NINGUNA MUJER NACE PARA PUTA

Vivir su vida. Director: Jean-Luc Godard. Protagonistas: Anna Karina, Saddy Rebbot, André Labarthe, Guylaine Schlumberger, Gérard Hoffman y Monique Messine, entre otros. Participación especial de Brice Parain y Jean Ferrat. Guionista: Jean-Luc Godard, basado en el libro La prostitution (1959) de Marcel Sacotte. Música: Michel Legrand. Canción: Ma Môme, interpretada por Jean Ferrat. Les Films de la Pléiade / Pathé Consortium Cinema. Francia, 1961. Estreno en la Argentina (versión remasterizada): 14 de octubre de 2021.


Dicen los que saben que, al patentar el movimiento cinematográfico que sería conocido como nouvelle vague (nueva ola), los cineastas franceses François Truffaut, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Éric Rohmer y Claude Chabrol tenían en mente el lenguaje realista que habían admirado en las grandes obras del neorrealismo italiano. Principalmente, su manera de abordar la condición humana de manera auténtica (no edulcorada) y cuasi documental. Una opción por el desolado desgarro del alma, marcada siempre por el devenir social de la clase trabajadora y la pequeña burguesía en épocas de posguerra.


Este decálogo se cumple a rajatablas en Vivir su vida (Vivre sa vie), tercer largometraje (y tercer clásico) de Jean-Luc Godard, notablemente afianzado en su manejo de la experimentación narrativa en base al movimiento de cámaras, la exasperante relación entre el sonido y el silencio; y un discurso signado por la fragmentación de la continuidad entre planos. Recursos formales que Godard utilizaba para exponer, de modo sumamente verosímil, las vicisitudes morales de sus personajes. Evitando, siempre, la tentación de caer en el facilismo de juzgar sus acciones o sus motivos.


En Vivir su vida sigue los pasos de Nana (Anna Karina), joven que abandona a su esposo y a su hijo para intentar suerte siguiendo su deseo de convertirse en actriz. Económicamente, el camino hacia su sueño se le hará muy cuesta abajo; y el descenso a su infierno personal se nos mostrará sin sentimentalismos ni golpes bajos. La prostitución aparece como respuesta a sus necesidades; y el proxeneta que la comercializa nos dará una clase práctica de las condiciones legales del negocio, desde los protocolos sanitarios aplicados a la mercancía hasta la bestial deshumanización inherente a la transacción humana.


Con citas permanentes al cine de Carl Theodor Dreyer, Jean Renoir y Robert Bresson, la literatura de Montaigne, Charles Baudelaire, Émile Zola y Edgar Allan Poe; y la filosofía de Brice Parain (que se interpreta a sí mismo en una apasionante charla de café con Nana), Godard habla de los límites del amor, el deseo, el lenguaje, los idealismos, la comunicación, la impotencia, la alienación urbana, los consumos culturales, la causalidad, la explotación del hombre por el hombre. Y lo hace recortando la trama en doce episodios autoconclusivos e interconectados, representando estructuralmente la fractura existencial que va descoyuntando a la protagonista, abstraída en estériles racionalizaciones con las que intenta convencerse de que es libre.


A 60 años de su estreno, Vivir su vida mantiene intacta la vigencia de su discurso y sus urgencias. Poder verla totalmente remasterizada, como si hubiera sido filmada ayer, es un lujo. Tan doloroso como necesario.
Fernando Ariel García

lunes, 27 de septiembre de 2021

LOS AÑOS MÁS BELLOS DE UNA VIDA: EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR

Los años más bellos de una vida. Director: Claude Lelouch. Protagonistas: Anouk Aimée, Jean-Louis Trintignant, Antoine Sire, Marianne Denicourt, Souad Amidou y Tess Lauvergne, entre otros. Participación especial de Monica Bellucci. Guionista: Claude Lelouch. Les Films 13 / Davis Films / France 2 Cinéma. Francia, 2019. Estreno en la Argentina: 23 de septiembre de 2021.


En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse. Y en el cine, también. En 1966, Claude Lelouch inmortalizó a la pareja de Jean-Louis Duroc (Jean-Louis Trintignant) y Anne Gauthier (Anouk Aimée), dos viudos que se animaron a intentarlo de nuevo, aunque la pasión y la felicidad no estuvieran viniendo de la mano. Un hombre y una mujer fue un exitazo de aquellos, lanzó a la fama internacional al director, los protagonistas y el tema musical (Da da da da da, da da da da da) de Francis Lai. Y también consagró al Citroën 2 CV y el bucólico pueblo normando de Deauville.


Con la magia intacta, todos los ingredientes vuelven al ruedo en Los años más bellos de una vida (Les Plus Belles Années d'une vie), pequeña obra maestra hecha de nostalgia cinéfila y optimismo militante. Pero claro, dentro y fuera de la pantalla han transcurrido 53 años (y una secuela, Un hombre y mujer - 20 años después, que esta tercera parte parece ignorar de manera adrede) y el paso del tiempo (así como sus estragos sobre los amantes) están en el corazón de la trama.


Jean-Louis es el más golpeado de los dos. Internado en una residencia geriátrica, tiene problemas de movilidad y una memoria intermitente que sólo recuerda nítida y claramente a la mujer que sacudió sus estructuras hace medio siglo. A pedido del hijo de Jean-Louis, Anne accede a re-encontrarse con el hombre que amó y por quién fue traicionada. ¿Qué saldrá de este romántico experimento? Un viaje inolvidable que revisitará esa gran historia de amor, habitada ahora por un sentimentalismo pragmático, una emotividad sincera y honestamente brutal.


Película pequeña que se agiganta en la actuación de Trintignant y Aimée, monstruos absolutos del séptimo arte, capaces de sostener largos (y profundos diálogos) sin moverse de sus asientos, capturando y exhibiendo un abanico gestual tan demoledor como conmovedor. Jugando a proponer un futuro mínimo de paz y serenidad compartida, sedimento del fuego que estuvo y las chispas que siguen estando a pesar de los dolores y las pérdidas, un hombre y una mujer rinden homenaje a lo que supieron ser. No es un testamento, sólo un otoñal poema de amor entregado al viento. Y a las volubles olas de la memoria.
Fernando Ariel García

LA VAMPIRA DE BARCELONA: TERRORES PASADOS, HORRORES PRESENTES

La vampira de Barcelona. Director: Lluís Danés. Protagonistas: Roger Casamajor, Nora Navas, Bruna Cusí, Francesc Orella, Sergi López, Mario Gas, Núria Prims, Pablo Derqui, Anna Alarcón, Alejandra Howard y Albert Pla, entre otros. Guionistas: Lluís Arcarazo y María Jaén, basado en hechos reales. Brutal Media / Filmax / Televisió de Catalunya / TV3. España, 2020.


Barcelona, 1912. La desaparición de una niña en el barrio del Raval pone en vilo a la ciudad. Con el descontento social en escalada, la policía logra resolver el caso en apenas dos semanas. Enriqueta Martí Ripoll, mendiga de día y dama de la sociedad por las noches, es encontrada culpable del secuestro. La investigación posterior saca a la luz una historia tan escabrosa como terrorífica. Enriqueta era, en realidad, una proxeneta de niños para hombres de la clase acomodada catalana. En su casa se encontraron los restos de los chicos que había asesinado de manera brutal, junto con potes de grasa humana, sangre coagulada, cabellos, esqueletos de manos y huesos molidos. Materia prima con la que fabricaba una serie de cremas, pociones, pomadas, ungüentos y mantecas que vendía al público. Las calles, con una ayudita de la prensa sensacionalista, bautizó a la asesina con el escabroso mote de La vampira de Barcelona.


Esta es la historia oficial que el boca a boca generacional reconvirtió en oscuro mito urbano de la Ciudad Condal. Hasta que, hace unos años, algunas voces comenzaron a alzarse entre el ruido, señalando que las cosas podrían no haber sido de la forma en que se contaron. Pusieron en duda la investigación, la calidad de las pruebas y el verdadero rol que jugó Enriqueta en el secuestro y las desapariciones. Echaron luz sobre los poderosos intereses en juego; y al animarse a postular conclusiones divergentes, terminaron haciéndose otras preguntas.


La vampira de Barcelona, el film de Lluís Danés, se inscribe dentro de este movimiento revisionista. Y lo hace con una potencia estética pocas veces vista. Apelando a un barroco blanco y negro que, en escasas ocasiones, muta al color que mejor exprese la carga dramática de los acontecimientos. Y una imaginería visual brillante, que conjuga equilibradamente las características identitarias de una puesta en escena principalmente teatral, pero que sabe capitalizar sus acertadas modulaciones derivadas del cine animado y las sombras chinescas. Un combo explosivo que potencia la carga atmosférica de la trama, los entornos y las siluetas góticas de burdeles y silencios.


Pero más allá de estos méritos formales, la película aprovecha la hibridación de géneros para construir un perfil que incluye y supere al de la asesina serial. Con la figura del periodista Sebastià Comas (un Roger Casamajor de lujo) estancado entre los ecos con que el caso reverbera en su historia personal, La vampira de Barcelona abre el juego tanto al terror como al policial negro, pasando por el thriller psicológico, el costumbrismo y la denuncia social. Porque en realidad lo que Danés monta ante nuestros ojos es el fresco de una moral degradada y degradante, anclada en la marginación, el analfabetismo, la explotación, la violencia contra las mujeres y los abusos infantiles. Vicios privados de una élite que enmascaraba su sordidez tras la fachada burguesa de la modernidad. Delitos públicos que se continúan cometiendo (y cubriendo) con la misma impunidad que hace un siglo. Privilegios de una casta de vampiros que no vive sólo en Barcelona.
Fernando Ariel García

miércoles, 22 de septiembre de 2021

LA CASA OSCURA: EL SER Y LA NADA

La casa oscura. Director: David Bruckner. Protagonistas: Rebecca Hall, Sarah Goldberg, Stacy Martin, Evan Jonigkeit y Vondie Curtis-Hall, entre otros. Guionistas: Ben Collins, Luke Piotrowski. Anton / Phantom Four Films / TSG Entertainment. EE.UU. / Reino Unido, 2021. Estreno en la Argentina: 23 de septiembre de 2021.


Ya desde su título, La casa oscura (The Night House) revela el peso protagónico que la arquitectura tendrá en este relato de horror gótico, donde una casa ¿embrujada? será el escenario fundamental de esta película que buscará (y encontrará durante gran parte de su metraje) reformular los condimentos típicos del género. Entre esas paredes levantadas a orillas de un lago bastante tenebroso, pasarán cosas ambivalentes. Nacerá el misterio, crecerá el suspenso y se establecerá el horror.


Beth (una notable Rebecca Hall, con el film al hombro por cuestiones argumentales) acaba de quedar viuda. Su marido se suicidó, sin motivos aparentes; y en ese dolor absoluto se planta el director David Bruckner (el mismo de Ritual) para desenrollar su tapiz eminentemente atmosférico, donde el terror se define como una cuestión existencial. Se pasea por el intelecto y la emoción, deteniéndose siempre en las dudas que plantea en los espectadores el tránsito de este duelo: ¿Estamos frente a un trauma psicológico o una experiencia paranormal?


Historia de fantasmas, melodrama romántico, thriller fantasmagórico. Lo bueno de La casa oscura es que habita cómodamente cada uno de estos cuartos, generando preguntas y proponiendo teorías escalofriantes y cerebrales, morbosas y viscerales. Manteniendo una espectral elegancia formal que la vuelve, realmente, irresistible. Lástima que el guion no esté siempre a la altura de la narrativa visual; y vaya perdiendo fuerza y originalidad a medida que la trama aclara sus tantos.


Brillante en el planteo filosófico de la angustia traducida en miedo y su posterior escalada hacia el terror inaprensible, el film se hace fuerte al explorar la dialéctica entre la nada y el vacío. ¿Presencia sobrenatural alimentada por la negación del ser? ¿Construcción anímica derivada de un proceso autodestructivo inconsciente? ¿O sólo un juego de espejos apoyado en las simetrías y asimetrías diseñadas por las pesadillas de un arquitecto desesperado? Una pena que la respuesta termine enunciando una injustificada justificación para lo injustificable.
Fernando Ariel García

sábado, 18 de septiembre de 2021

REMINISCENCIA: TODO TIEMPO PASADO…

Reminiscencia. Directora: Lisa Joy. Protagonistas: Hugh Jackman, Rebecca Ferguson, Thandiwe Newton, Cliff Curtis, Marina de Tavira, Daniel Wu, Mojean Aria, Brett Cullen, Natalie Martinez y Angela Sarafyan, entre otros. Guionista: Lisa Joy. FilmNation Entertainment / Kilter Films / Michael De Luca Productions. EE.UU., 2021. Estreno en la Argentina: 19 de agosto de 2021.


La representación mental de una situación determinada, un hecho puntual, una sensación específica que haya ocurrido en el pasado. El recupero (natural o forzado) de los recuerdos que alguien atesora con nostalgia, con cariño, con dolor. La huella dactilar que la memoria imprime sobre cada personalidad humana. Los rastros estilísticos que visibilizan los registros artísticos, ideológicos, conceptuales, que toda obra le reconoce a sus influencias conscientes o inconscientes. Apenas algunas definiciones que los diccionarios lingüísticos, filosóficos, psicológicos, artísticos y médicos ofrecen sobre el vocablo “reminiscencia”.


Enunciaciones todas que le caen como anillo al dedo a Reminiscencia (Reminiscence), debut cinematográfico de Lisa Joy, una de las creadoras de la exitosa serie televisiva Westworld, que no es otra cosa que una reconstrucción de la homónima película de 1973. Y es que al ver el film protagonizado por el ex Wolverine Hugh Jackman, la mente se me fue llenando de gratos recuerdos de mi historial cinematográfico, como si esta nueva película fuera un notable (y largo) ejercicio de déja vu. En orden, nunca amontonadas o al tuntún, me fui poblando de imágenes de Blade Runner, El halcón maltés, Barrio Chino, Minority Report, Waterworld, El origen y alguna otra que ahora no recuerdo. Vaya uno a saber por qué, lo que contaba Joy no me parecía interesante o importante, lo que me mantuvo sentado en la butaca fue esa avalancha de emociones que me hacía pasear por otras épocas, otros cines y otras impresiones.


Novela negra vestida de ciencia-ficción distópica, Reminiscencia tiene una factura técnica impresionante, capaz de reconvertir a Miami en la pesadilla retrofuturista del más exquisito art-déco neonoir. Una ciudad explotada por la grieta socio-económica y permanentemente inundada por las aguas del Atlántico. Una urbe que vive de noche porque el calor del día es insoportable, sobre todo después de una guerra a la que se alude pero no se explicita; y a las consecuencias del cambio climático que se muestra como un sufrimiento extra y ya naturalizado.


Sobre esta escenografía, que Joy capitaliza en escenas de un sereno lirismo poético, la directora y guionista pareciera perderse en su propio laberinto metanarrativo sobre el sentido y los alcances de la memoria, el amor, la vida, la muerte, la soberbia, la avaricia y una larga lista de virtudes y pecados que definen la lucha de clases y el comportamiento de las personas. Pretenciosamente discursiva, enmarañada por la puesta vanguardista de un melodrama policial del Hollywood clásico, Reminiscencia termina siendo el lejano eco de su propio pasado, un tiempo (y un cine) que supo ser mejor.
Fernando Ariel García

sábado, 11 de septiembre de 2021

THE FOUR FIVES: ÚLTIMA FASE DEL DUELO

The Four Fives. Guion: Joe Quesada. Dibujos: John Romita Jr. Tintas: Scott Hanna. Color: Marte Gracia. Editores: Martin Biro, Annalise Bissa y Tom Brevoort. Marvel Comics. EE.UU., septiembre de 2021.


Bong! Bong! Bong! Bong! Bong!
Bong! Bong! Bong! Bong! Bong!
Bong! Bong! Bong! Bong! Bong!
Bong! Bong! Bong! Bong! Bong!


Cuatro tandas de cinco campanadas. Rito de honor que, al menos en los EE.UU., se hace para homenajear y recordar a los bomberos muertos en el cumplimiento de su deber. Pero la campana que tañe su lamento no es una campana cualquiera, es La Campana de la Esperanza, enclavada al frente de la Capilla histórica episcopal de San Pablo, en pleno distrito financiero de New York, justo enfrente de donde estaban las Torres Gemelas. Una ubicación que no es casual, ya que se trata de una ofrenda que Londres le regaló a la Gran Manzana en memoria de las víctimas de los atentados del 11 de septiembre de 2001.


A veinte años del brutal acontecimiento que sacudió la conciencia del mundo, reformateó el concepto de terrorismo y ayudó a conformar un nuevo andamiaje legislativo global sobre las libertades individuales, Marvel toma esta liturgia y la hace historieta en un corto relato protagonizado por el Hombre-Araña y el Capitán América. Dos héroes, dos símbolos que, desde la soledad de las alturas, recogen testimonio y brindan sus respetos, acompañando ese otro acto simbólico que viene repitiéndose año tras año: El encendido de las dos torres lumínicas que, desde el el Memorial de las Torres en pleno corazón de la Zona Cero, se elevan hacia el cielo dibujando los contornos de aquello que supo ser.


Ocho páginas, prácticamente mudas, en las que no pasa nada y pasa de todo. Lo de Joe Quesada y John Romita Jr. va por el lado de la acción interna, eso que llamamos emoción contenida. Un repliegue hacia el ser íntimo, intentando abrazar ese dolor que no cesa con la idea de transformarlo en algo más, en algo mejor. ¿Esperanza? Puede ser. Cada golpe de la campana es un reconocimiento. A las víctimas. Y a los héroes de esas jornadas aciagas, que suelen ser los mismos héroes de otras jornadas similares, los héroes anónimos y verdaderos. Y cada campanada es, también, la reafirmación de una postura acrítica, dispuesta a tolerar el sufrimiento sin cuestionar la ofensiva militar que los EE.UU. desplegaron hasta hace 15 minutos sobre Afganistán, o el alineamiento irrestricto que Marvel (como empresa) adoptó hacia el discurso oficial de la administración Bush Jr.


Incluido en diferentes títulos regulares que Marvel publica este mes, The Four Fives funciona como una especie de secuela emocional al clásico The Amazing Spider-Man vol. 2 N° 36, historia que J. Michael Straczynski y John Romita Jr. publicaran en diciembre de 2001, intentando entender qué estaba pasando durante los ataques terroristas. Y si aquel cómic galvanizaba el ruido y la furia ante la inmediatez de la pérdida, esta historieta parece venir a cerrar el período de duelo, tramitando la aceptación de la muerte como parte del fenómeno natural que es la vida, abriéndose a una reflexión retrospectiva que favorezca la aparición de ese ansiado estado de calma que permita hacer las paces con la inevitabilidad de tamaña ausencia.


A veinte años del día que cambió al mundo (como suelen llamarlo los titulares periodísticos) lo único que humanamente puede hacerse es respetar el sentimiento de los sobrevivientes y de las familias de los muertos, acompañando en silencio cada ominoso golpe de campana. Ya habrá tiempo para levantar la voz más adelante. Ojalá Marvel también lo entienda así.
Fernando Ariel García